viernes, 14 de agosto de 2015

Mis queridos delirios llegan de nuevo....

¡Hola, mis queridos bloguer@s! ¿Qué tal las vacaciones? Espero que muy bien. Como véis aquí estoy yo. Os pido disculpas por la falta de entradas pero he pensado en tantas cosas que necesitaba un tiempo para mí misma. Pero ahora he decidido volcarme un poco en el blog. Esta vez os traigo la primera parte de mi historia Simeado:
Pero antes, la razón de mi inexistencia en blogger, ha sido por nada más y nada menos que por pensar. Y a veces pensar demasiado puede llegar a doler. Por eso ahora vamos a relajarnos de esta manera:


                                                              -    SIN PENSAR   –



Miro como las pequeñas olas se van meciendo con el océano. Estoy en la playa, mirando como la arena se me mete entre los pies. Corriendo. Llorando. Riendo. Saltando. Brincando. Ella está a mi lado. Quién diría que el amor lo podría todo. Pues sí, es verdad, puede eso y mucho más. Con mis brillantes alas, vuelo a ver que alcanza mi vista. Porque no me vale solo con el mar y la arena. No. Quiero ver que hay más allá. Que tesoros se encuentran ocultos. Que aventuras tenemos que buscar, que obstáculos tenemos que superar. Ella me mira desde la lejanía. La mando un beso con la mano y dibujo un corazón. La música empieza a sonar y desde el cielo puedo cantar, imaginar una guitarra y cantar alto y fuerte.
- ¡Estás loca! Quien quiera que te vea…
- Ya me estás viendo tú… Venga, prueba, es divertido….
Ella niega con la cabeza, risueña. 
- No me gustan las alturas. Y lo sabes- dice poniendo la misma pose que en un anuncio.
- A mí tampoco. Y aquí me ves. Sin pensar.
Ella abre los ojos. Me mira. Sonríe. La sonrío cómplice. La invito a que abra sus alas y venga conmigo. Porque vaya donde vaya, ella formará parte de mi corazón. Y de mis locuras. Sobre todo de mis locuras. Ella mira a un lado y a otro. No ve a nadie. Alza sus alas y baila conmigo. Nos reímos juntas y vamos al infinito (que sinceramente, no creo que sea posible, pero que al fin y al cabo es nuestro infinito). Ella me abraza y me toca el pelo. Entonces nos ponemos a perseguirnos, a jugar al pilla- pilla, a comportarnos como niñas de 4 años o peor. Sinceramente espero que nadie nos esté viendo. Aunque sinceramente no nos importa. Nos alejamos de ese inmenso mar y exploramos parques, tiendas, la ciudad entera… Nos comportamos como si fuéramos extranjeras, nos hacemos fotos, casi como si nunca fuéramos a volver y necesitásemos un recuerdo, una prueba, de que hemos estado allí. Quizá una sincera despedida o una calurosa bienvenida. Ir preguntado a la gente por donde quedan las calles, algunos quedándose como alucinados o con algún comentario de “A  mí ya me has preguntado”. No nos molestamos en preguntar el nombre, la dirección ni su teléfono, porque solo tenemos ganas de explorar, visitar, hacernos miles de fotos (y de selfies, también). Hacer algún que otro reto de ir abrazando a la gente y gritarlo a vozarrón. Recordar cada uno de sus movimientos, rememorar como me movía torpe para decir con cara de niña buena:
- Hola, ¿me das un abrazo? Así, sin pensar.
Y la cara del hombre como “¿No eres ya demasiado mayorcita como para ir pidiendo abrazos? Sin embargo, el niño que sujeta (que podría tener así a ojo, como unos 3 añitos, alarga sus bracitos y me dice “Abasoo, abaso” con su típica “lengua de trapo” que te dan unas ganas de llevártelo a casa. A un niño nunca se le puede negar un abrazo, aunque te acerque la piruleta que se está comiendo a la cara. Sinceramente. Pero el hombre, después del “abaso”, se lleva al niño con cara de disgusto. Yo creo que se ha quedado con las ganas de un abrazo. A algunas personas les cuesta expresar sus sentimientos. No le culpo. Cuesta expresarlos, pero una vez que lo haces te sientes genial. Con ganas de ir diciéndoles todo el rato. Luego aprendes a contenerte un poco. Pero es largo el camino. Y aquí estoy, sonriendo a la vida (lo que ha sido difícil), con ella, mi “alma gemela” o como queréis llamarla, mi “ella”...
 Despierto. Son las 07:00 A.M. Tengo que prepararme para ir a la universidad. Me pongo lo primero que encuentro en el armario. Me miro al espejo y observo como mi melena está tan desordenada como siempre. Me peino aunque sin mucho éxito. Me hecho una crema para cuando se encrespa el pelo y me resigno a mirarme de nuevo. Voy a la cocina y preparo el desayuno: un vaso de leche con Cola Cao (como los peques de la casa) y tortitas. Y el zumo de naranja que tampoco falte para la mañana. Me maravillo con mi súper desayuno y como deleitándome con cada bocado que pruebo. ¡Qué bien me salen las tortitas! No es por ser egocéntrica, pero es verdad que me salen muy bien. Si es que a mí me encantan los dulces... Después de haberme llevado tal manjar a mi boca, preparo mi mochila, meto mis apuntes, mi carpesano… 
Creo que ya lo llevo todo" pienso para mí: “Pero, no obstante, algo me falta”. De repente, me doy media vuelta, corriendo cual médico corre en un caso de urgencias, a mi habitación y descubro el quebradero que pululaba por mi cabeza: es mi estuche. Y aunque es una estupidez preocuparse por un objeto así, es muy importante, sobre todo si eres estudiante. Luego vas a clase y ¿qué? Lo típico de:
 “Huy, perdón, se me olvidó el estuche en casa, ¿me prestas un bolígrafo?”
 El primer día te lo aguantan, ponen la típica sonrisita y “No pasa nada, a cualquiera le puede pasar”; el segundo ya te miran con mala cara y el tercer día te dicen que prepares antes la mochila antes de venir a pedir tonterías, mientras sigue escribiendo en su hoja de apuntes lo que el profesor, tan alarmante embriagado con la lección, dice. Hay gente que no la comprendo. Un día te dan la mano y dos días después, te la retiran. Solo por un estuche. O por pedir un mísero bolígrafo.
Total, que voy a pedir unos papeles para apuntarme a una actividad extraescolar y la señora de recepción, tan desesperadamente lenta, o tal vez soy yo que puedo llegar a ser muy impaciente, retiene a un alumno al menos un cuarto de hora. 
“Me da a mí que voy a tener que esperar un ratillo más. Pero como siga así, me pierdo la clase del señor González. Y paso de llegar tarde otra vez. Posdata: alejarse del idiota del bolígrafo”. Después de poner en orden mis pensamientos, me decido a ponerme en la fila, cuando de repente, una multitud embravecida, se apelotona contra mí.
- ¡¡Ahh!!- grito, pero a nadie parece importarle, y como suele pasar cuando eres “atacada” por una jauría de jóvenes universitarios, todo lo que llevaba en mis manos cae al suelo. Mirando a los dos lados, advirtiendo de que nadie venga otra vez a las mismas, me agacho para recoger todos los papeles. De repente, alguien se agacha y me acerca un papel:
- Perdona, creo que esto es tuyo.
Es una chica. La chica. De mi sueño. Su cabello dorado se mece con el viento y sus ojos azules resplandecen mientras me mira.  De repente y sin quererlo, me pongo roja como un tomate. Qué vergüenza. ¿Os imagináis si me reconociese? “Hola, que sigue ahí. Está esperando para que le des una respuesta”:
                 - Eh…. Sí… Es mío…. Muchas gracias. 
                 - No hay por qué darlas. Por cierto, ¿nos conocemos de algo? Es que me suena tu cara…
             Pero, ¿por qué me dices eso? ¿Cómo qué te suena? Si has estado conmigo en un sueño… Hola, que soy yo, la chica de tu… mi…. Nuestro sueño…. Seguro que estoy asustando a la chica. No. Seguro que no. Tendrá cosas más importantes que hacer:
               - Pudiera ser. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia- la digo, mientras cojo de sus manos mis papeles y las aprieto contra mi pecho, dándome la vuelta. Ella no se mueve. Creo que eso no es lo que se suele llamar una calurosa bienvenida. Me doy la vuelta mirándola un poco arrepentida:
                  - ¿Qué pasa?
               - Eres nueva, ¿verdad?- ella asiente un poco con lástima- disculpa mi brusquedad. Tengo días mejores. ¿A qué clase vas? Si quieres te puedo ayudar…
               - Iba a la clase del señor González que…- mira de reojo mi horario- por lo visto creo que nos toca juntas.
               - Sí, es cierto- la enseño el camino y un poco los alrededores- Cuando salgamos de la clase, lo vemos todo con más tranquilidad.
                - No te preocupes. Total, voy a tener todo el año para conocerlo- ella me sonríe- Por cierto, ¿conoces a un tipo que no te presta los bolis?
                - Con decirte que me siento al lado de él...
Ella niega la cabeza como diciéndome “No deberías”. Y, como si del destino se tratase, decimos al unísono:
                - Es un idiota- nos miramos y nos reímos, luego ella me dice: 
                - Creo que nos vamos a llevar bien. Me llamo Elisa, que no Eloísa- eso me arranca una sonrisa, seguida de una pequeña carcajada, a lo que mi respuesta natural no se hace de esperar y de nuevo me pongo colorada. Cuando me relajo, digo:
                 - Ajam… Perdona, es que me has hecho recordar a una profesora. Bueno, creo que deberíamos entrar.
                - Deberíamos… Por cierto, no deberías disculparte, amable desconocida.
               - Muy graciosa estás hoy, ¿no, Eloísa? Ahora no te digo mi nombre-y ambas entramos en clase para meternos en la apasionada pero larga clase del señor González y de la psicología. La verdad es que las asignaturas se me hacen muy amenas. Me gusta lo que he escogido, a pesar de que mucha gente me decía que podía llegar a más. Me gusta. No. Gustarme es poco. Me apasiona este “mundillo”. Durante la clase, nos decidimos poner Eloísa y yo (¡eh! ¡Que te oigo desde aquí!…. Perdón, Elisa y yo, lejos del idiota de los bolis (no debería llamarle idiota, pero es que no conozco su nombre y amable desconocido no sería recomendable para él). Sin embargo, el de los bolis nos busca resignado con la mirada mientras ve que las dos nos sentamos en las filas de adelante. Sí, ya sabéis cuáles son, las que suelen estar casi vacías por miedo a que “lluevan” las explicaciones del profesor o pequeños avioncitos, aunque si os digo la verdad, la universidad no es así. De hecho, casi todos están muy centrados con su bolígrafo y su papel y apuntando con una letra casi ilegible, muy parecida a la de los médicos, cada palabra o por lo menos un resumen de lo que el profesor nos va exponiendo. Nos dice que pronto tendremos que hacer un proyecto en parejas y tendremos que exponer delante de él para ver si lo hemos entendido. Eso ha dolido, ¿sabe profesor? Me dan ganas de decírselo, pero decido que lo mejor es callarme y no decir nada que ya se sabe el dicho: “Calladita estás más guapa”. 
Qué mentira…. Después de la clase, nos vamos a nuestra hora de descanso. Ella asiente a mis explicaciones, me siento como una profesora con su alumna. Si nos topamos con alguien, lo saludamos o nos saludan. Cuando se ha ido, ella me pregunta:
             - ¿Lo conocías?
             - Sí… Pero no me acuerdo de su nombre. Pero bueno si alguien me saluda, tendré que devolverle el saludo, ¿no crees?
    Ella asiente, satisfecha con mi respuesta. Vamos a la cafetería. Pedimos un café. Hablamos sobre las siguientes horas:

              - A mí me encanta esta universidad, sus alrededores, las clases… Y el campus. Tendrías que verlo. Es genial. Haría cualquier cosa porque diéramos las clases en el campus. En el verano, puede hacer un calor….
            - Sí, ¿en serio? Bueno, a mí el verano no me gusta demasiado, ¿sabes? Prefiero el invierno, apenas tienes calor y si tienes frío, con una chaqueta o un abrigo te vale.  
        Asiento. 
            - Yo soy más de otoño. Sobre todo me encanta el paisaje que queda. Como las hojas caen de los árboles, como encuentras alguna castaña donde menos imaginas. Imagínate eso con una puesta de sol, por la tarde. El sol anaranjado pasa a un rosado y estás en un banco admirando el lugar. Realmente merece la pena verlo. ¿Lo has visto alguna vez?
            - Ehmm… Bueno, alguna vez… No me fijo mucho en eso…-de repente, su móvil suena- discúlpame, me llaman. Seguramente será mi hermano o mi madre. Me agobian todo el rato con sus llamaditas. 
           - Okey. No te preocupes. De todas maneras la siguiente hora no tenemos juntas. ¿Quedamos a la salida?
          - Te aviso. 
Me quedo mirándola, incrédula.
        - ¿Cómo? ¿Con señales de humo?
        - Te localizo, no te preocupes por eso- y acto seguido, se da la vuelta, sin volver a mirarme. 
Ese cambio de temperamento ha sido quizá algo brusco, pero igualmente serán problemas personales. 
¡Ringg!!
“Genial, ahora me llaman a mí”. Miro quien me está llamando y casi me asusto del susto. ¡El! ¡No puede ser! ¡Se ha comprado un móvil! Tendría que haber preguntado a la bola cuando tenía tiempo, pero en vez de eso me distraje con mis rutinarias labores. No me puede culpar. 
       - “Tienes que ayudar. No te creas que estándote aquí no vas a hacer nada señorita”- todavía puedo oír sus palabras en mi mente. De todas maneras, tendría que estar agradecida. Él me acogió cuando peor estaba yo. Él sabía que estaba mal y me dijo: 
       “Eh, ¿por qué no te vienes aquí?” A esas alturas yo no le conocía de nada, así que le dije claramente que no, pero conforme pasaron los días conociéndonos más, me animé a encontrar un hogar. Mi nuevo hogar. Y aquí hasta el día de hoy.  Me levanto resignada de mi asiento y decido colgar el móvil. Hoy no me apetece hablar. No estoy de humor. Tengo que prepararme para mi siguiente clase. Sin embargo, el móvil no está contento, sino que empieza a volar y lo veo ante mis ojos, atónita:
        “Sígueme…” Me dice él. Decido seguirlo, aún con algunas dudas. Lo cojo con mi mano para que todo parezca más o menos normal, aunque es un poco imposible, dado que mi móvil está volando. Eso es una cosa que no se ve todos los días. Me dirijo al baño de las chicas, asegurándome de que no hay nadie en él. Todavía siguen estando mis ojos como platos. A ver, yo estoy acostumbrada a ver estas cosas, pero… ¿Tenía que ser precisamente en la universidad? Qué vergüenza. Como me haya visto alguien… Espero que nadie sospeche de mí, porque ya a la mínima me echarían de aquí o harían experimentos conmigo, o peor: descubrirían mi paradero y encontrarían a más como los míos. Y eso si que no. Él me avisó de los posibles riesgos que tenía irme a una universidad y parecer una chica “corriente”. “¿Te lo dije o no?” Malditas frasecitas suyas. Reverberan en mi mente todo el tiempo. Parece mi madre. 
          El móvil me muestra una universidad, más parecida y acorde conmigo, pero yo apago el móvil. No pienso ir a esa universidad. No me gusta. Quiero pasar desapercibida y entablar conversaciones con gente normal, sin tener que preocuparme por móviles flotantes y magia a cada metro que piso. Quiero ser una chica feliz que se despierte por las mañanas con su despertador normal y corriente, que prepare su propio desayuno sin tener que depender tanto de la magia. Pero nadie me entiende. Ellos suelen decir que soy muy joven para saber lo que quiero. Que no puedo renegar lo que soy. Y no lo hago. De hecho, practico todas las tardes. Es solo que no quiero utilizar mis hechizos para cosas que yo misma pueda hacer, incluso aunque esté muy vaga. Hago todo lo que puedo para no pensar. La cabeza me duele. Sin que nadie me vea, cojo mi varita y realizo un hechizo para que el dolor se me pase. Normalmente utilizaría una pastilla, pero soy tan olvidadiza que siempre recuerdo haber olvidado algo y no sé que es hasta que me pasa algo. Curioso, ¿verdad? Dejo un mensaje en mi móvil:
“Ahora no. Estoy viviendo mi vida. Dejadme en paz por un rato, ¿sí? No flotéis mientras esté en clase, ¿de acuerdo?”
Y le dejo otro mensaje a mi tutor:
“No he podido responderte, porque estoy en clase. Luego hablamos. Chao”. 
        Bloqueo el móvil y le apago. Cuento hasta 10 para relajarme. Me detengo observando mi rostro en el espejo y como este sonríe. Pego un brinco, me doy la vuelta y cuento de 5 para atrás. Me volteo para observar en el espejo mi reflejo. Neutral. Sin una sonrisa perversa amenazando la armonía del lugar. Noto mi corazón acelerado. Me digo a mí misma que debo relajarme, que todo va a salir bien. Antes de salir, hago unas cuantas respiraciones, abro y cierro los ojos. Finalmente, me lavo la cara, cojo mi mochila, me la cuelgo y salgo por la puerta. Como una persona normal. Tanto repetir la palabra normal me parece raro. Demasiado. No penséis que reniego de lo que soy, es solo que cuesta aceptarlo. Pero sigo adelante y me centro en mis tareas. Esto verdaderamente me entusiasma y haré todo lo que esté en mi mano por luchar por lo que hago y por la vida que he decidido tener para mí.            Al fin y al cabo ya tengo los 18. Ya soy mayor de edad. Aunque a ellos eso les da igual. En mi mundo todo es diferente. Y aquí también lo es comparado con mi mundo. Todo se complica y parece que las manecillas del reloj marquen su hora límite para que me decida. Un lado o el otro. Ni siquiera yo me entiendo. Pero antes de que pueda pensar algo más, llego a mi destino. La clase ha empezado.        Me he sentado dispuesta con mis bolígrafos y mi papel y sobre todo, con la mirada ausente. El profesor me mira como esperando una respuesta. 
    “Espera, ¿cuándo ha empezado a hablar? Estoy desconectada del tiempo. Recuerda, ¿qué ha pasado? ¿He estado demasiado distraída estando en primera fila?” “¿Qué? ¿A qué ahora sí quieres la magia para recordar lo que ha dicho o para que al profesor se le olvidara y te dijera bien sin saber muy bien el porqué?” Mierda. Tiene razón. O sea mi parte… Yo… Ugh... Qué lío.  El profesor me mira expectante, deseoso de conocer mi respuesta, pero yo agacho la cabeza y cuento hasta 3. La sirena suena:
           - Se ha librado, señorita Paolo. La próxima vez no seré tan benevolente. Créame. Este es el último aviso que la doy y por ser usted.
Salgo de la clase, avergonzada. ¿Qué hora es? Veo a todos marchándose a sus clases. ¿Pero… pero? No entiendo nada. Resignada, cojo mis cosas. Una voz a lo lejos me avisa:
                            - ¡Eh! ¿Dónde te crees que vas, perdida?- es el pesado de los bolis. No ha dejado de seguirme todo este tiempo. Es un pesado, de verdad. Seguro que ahora quiere que le preste yo un boli. Lo lleva claro- No te he visto sentada a mi lado. ¿Por qué?
                             - No tengo por qué darte explicaciones- me cruzo de brazos- Además, ¿quién te crees que eres para hablarme así?
                             - Sergio a tu servicio- esto es increíble. No está pasando- Te aviso, aléjate de ella. No es buena para ti.
     Claro. Parece que ahora este tal Sergio lo sabe todo. Ella. No pienso alejarme de ella nunca. ¿A qué viene este repente de prevenirme de con quién debo estar o no? Nadie. El idiota de los bolis. 
                         - Selena, te prevengo para que luego digas que no te avisé. Es peligrosa. No sabes hasta que punto- y diciendo estas palabras, desaparece. 
“Oh, no” No puede ser….


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